Una tarde entre Pedro Ximénez y paisaje
Después de un reciente viaje por tierras andaluzas regresé con una selección de vinos procedentes de Montilla y Aguilar de la Frontera. Todos tenían un denominador común: la presencia de la variedad Pedro Ximénez y la firma de dos elaboradores con gran arraigo en la zona, Bodegas Robles y la Cooperativa de Aguilar.

La cata tuvo lugar en Bodega Bahía de Santander, un emplazamiento privilegiado desde el que contemplar el perfil de la bahía mientras se descorchan algunas de las referencias más representativas de una comarca vinícola con una identidad muy marcada. Para acompañar los vinos disfrutamos de una tabla de quesos de Supermercado Cano de Galizano, unas espectaculares cerezas de extraordinario tamaño y magnífico sabor, además de un gazpacho Alvalle que aportó frescura al conjunto.
Blancos y finos que muestran diferentes perfiles

La degustación arrancó con el Vino Joven Ecológico Dulce de Bodegas Robles, una propuesta que busca acercar el mundo del vino a consumidores más jóvenes. Elaborado mediante un coupage de Pedro Ximénez sobremadurada y Verdejo, destaca por sus aromas de fruta, miel y flores. El ligero aporte de anhídrido carbónico contribuye a una sensación fresca y desenfadada que lo convierte en una opción muy agradable para consumir a baja temperatura.


A continuación apareció Verdevid, de la Cooperativa de Aguilar, un vino de tinaja fermentado y criado en barro. Su color amarillo dorado brillante anticipa una nariz marcada por la fruta madura, especialmente manzana y pera, acompañadas de notas florales y matices minerales. En boca se muestra equilibrado y fresco, con una estructura ligera poco habitual para quienes asocian la zona exclusivamente a elaboraciones más corpulentas.
La transición hacia perfiles más complejos llegó de la mano de los finos. Las Cuadrillas, con más de cinco años de crianza en roble americano, ofrece una interesante combinación de almendra tostada, avellana, levaduras y recuerdos de panadería. Su paso por boca resulta seco, persistente y con una atractiva nota salina.

Por su parte, Fino Ipagro presenta una crianza más corta, de dos años en roble americano. De gran limpieza aromática, despliega recuerdos de almendra cruda, masa de pan y levaduras, manteniendo esa frescura característica de los vinos criados bajo velo de flor.
Olorosos, vermuts y grandes dulces
Entre las referencias de mayor intensidad destacó Piedra Luenga Oloroso, elaborado mediante crianza oxidativa y envejecido durante seis años en barricas de roble americano. Su color caoba y sus aromas de pasas, manzana verde, laurel seco e incienso conforman un conjunto amplio y armonioso. A pesar de su potencia aromática, mantiene frescura y equilibrio, dejando un recuerdo prolongado tras cada sorbo.
Los vermuts de Robles ocuparon también un lugar destacado en la cata. El Vermut Ecológico Robles exhibe una interesante combinación de notas de piel de naranja, mandarina, limón, miel y pasas. Estructurado y persistente, resulta especialmente atractivo para quienes buscan vermuts de perfil vínico marcado.
Más singular aún es VRMT Robles, Receta Andalusí, elaborado sobre una base de oloroso ecológico envejecido durante ocho años. La presencia de diez plantas aromáticas aporta complejidad, mientras que los recuerdos de vainilla, jalea de membrillo, miel, clavo y canela construyen un conjunto cálido y muy reconocible.
El momento más esperado llegó con el Pedro Ximénez Selección Robles 1927, procedente de una solera fundacional iniciada en ese año. La cuidada pasificación de la uva al sol y el envejecimiento mediante el sistema de soleras y criaderas dan lugar a un vino de enorme profundidad aromática. En él aparecen notas de uva pasa, caramelo, miel, canela, café tostado y chocolate, todo ello sostenido por una textura untuosa y un notable equilibrio.


La cata concluyó con el PX de la Cooperativa de Aguilar, un vino dulce elaborado a partir de Pedro Ximénez soleada de forma tradicional. Pasas, higos secos, miel, cacao, café y regaliz protagonizan una elaboración sedosa y persistente que cerró la sesión con brillantez.
Un atardecer como último maridaje
Más allá de la calidad de los vinos degustados, la tarde dejó una imagen difícil de olvidar: el atardecer reflejándose sobre la Bahía de Santander mientras las últimas copas acompañaban la conversación. Un entorno privilegiado que sirvió para confirmar la enorme versatilidad de los vinos de Montilla-Moriles y el excelente trabajo que desarrollan tanto Bodegas Robles como la Cooperativa de Aguilar en torno a la variedad Pedro Ximénez. Una forma magnífica de traer un pedazo de Andalucía al norte y seguir disfrutándolo mucho después del viaje.
