Hemos Comido… en A Jorra, en Villacarriedo, aunque lo justo sería decir que picoteamos a una hora casi de desayuno, con el local recién abierto y la mañana todavía sin prisas. A Jorra nace con vocación de colmado y de mesa compartida, recuperando esa manera tan de pueblo de comprar, beber, charlar y comer algo bueno sin convertirlo en ceremonia.

Abierto el pasado 28 de junio en Villacarriedo, el proyecto mira de frente a los Valles Pasiegos y a sus productores. Al frente están Álex Porras, hostelero y músico, y Aitor Lobato, impulsor junto a Sarah Hart de La Lleldiría. La casa se define como “Despensa viva de los Valles Pasiegos”: quesos, fermentos y productos de proximidad que pueden comerse allí o entenderse como parte de una despensa con nombre propio.

El colmado como punto de encuentro

El nombre elegido no va de adorno. A Jorra significa encuentro, alegría y ganas de compartir, una expresión de raíz pasiega que encaja con el planteamiento de la carta: raciones frías y calientes, todas pensadas para ir al centro y repartirse sin demasiada solemnidad.

El espacio funciona antes incluso de probar nada. Está diseñado con gusto, recordando a esas tiendas de pueblo donde cada balda parecía contar algo: aquí una referencia a la despensa, allí un guiño rural, más allá una textura de madera o un detalle que invita a mirar dos veces. Aun así, lo más recomendable es no analizarlo demasiado desde fuera; este tipo de locales se entienden mejor sentado, con una ración delante y la conversación empezando a calentarse.

Pastrami de vaca: mostaza, escabeche y grasa justa

Comencé con el pastrami de vaca con escabeche de acelgas, virutas de queso Lolo y mostaza encurtida. La combinación tiene sentido desde el primer bocado: la carne llega jugosa, con un veteado agradable y suficiente grasa para sostener el conjunto sin hacerlo pesado. El queso aparece medido, como acompañamiento, no como capa invasiva; y la mostaza encurtida, ligera y punzante, cumple ese papel que tan bien le sienta a la carne curada: despierta el paladar, corta la sensación grasa y alarga el recuerdo del bocado.

El escabeche de acelgas aporta un registro ácido y vegetal que redondea la ración. No hay saturación ni exceso: cada ingrediente tiene espacio y el plato se deja comer con facilidad, que no es poco cuando hablamos de raciones para compartir. Es de esas propuestas que no necesitan levantar la voz para convencer; basta con que llegue al centro de la mesa y empiece el reparto.

Jabalí, manzana y sobao: monte, acidez y miga crujiente

 

La segunda ración fue jabalí, manzana y sobao: un tartar de cabeza de jabalí con manzana lactofermentada, servido sobre crema de remolacha escabechada y terminado con migas tostadas de sobao El Andral. Sobre el papel ya prometía contraste; en mesa, lo interesante está en cómo la acidez y el dulzor se ordenan alrededor de una carne con carácter.

La crema de remolacha me sorprendió especialmente. Tenía una frescura que, por momentos, podía recordar al tomate, y ese matiz escabechado ayudaba a que el conjunto no se volviera plano. La cabeza de jabalí, cortada en daditos, se integraba bien con la manzana lactofermentada, mientras las migas tostadas de sobao El Andral añadían textura crujiente y un dulzor leve, de esos que no empalagan, pero sí dejan rastro. El resultado es una ración muy pensada para compartir, con un punto goloso y otro ácido que se van alternando sin pelearse.

A Jorra deja una primera impresión muy apetecible: producto local, raciones de centro, una carta que se mueve entre lo frío y lo caliente y un espacio que reivindica el colmado como lugar de reunión. En esta visita tempranera quedaron probadas dos piezas con personalidad y buena lectura del producto, suficientes para confirmar que Villacarriedo suma un sitio al que merece la pena acercarse con calma, mirar bien alrededor y dejar que la mesa haga el resto.

Por El Mule

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