Hemos Comido… en Bonobo, cuatro comensales de visita a Fonso antes de asistir a una cata de vinos cordobeses en Bodega Bahía de Santander. El día venía con calor, con ganas de mesa y con ese punto de confianza que aparece cuando uno sabe que va a comer donde se cuida el producto sin convertirlo todo en discurso. Hubo cocina, vermut, cava, cerveza, charla y una sucesión de platos muy reconocibles, de esos que dejan claro por qué ciertos sitios se visitan con gusto.





Una bienvenida con vermut y cocina
La visita comenzó antes de sentarnos formalmente a la mesa, con recepción en la cocina y vermut inicial. También hubo cava y unas cervezas de Rocker Beer, un arranque distendido que marca el ritmo de una comida planteada para disfrutar sin prisas. En Bonobo, al menos en esta ocasión, la liturgia empezó de pie, entre saludos y primeros tragos, como mandan esas comidas que crecen poco a poco.
Nada más llegar apareció también la perra de Fonso, auténtica mandamás de los alrededores, siempre atenta al sobre y a lo que pudiera caer. Puede parecer un detalle menor, pero ese tipo de escenas sitúan muy bien el ambiente: cercano, conocido, con una manera de recibir que no parece ensayada. Además, uno de los comensales era celíaco y el asunto se resolvió sin problemas, algo que conviene destacar cuando la comida fluye con normalidad y sin sobresaltos.
Del aperitivo al marisco

Fonso abrió la comida con una ensaladilla que, en un día caluroso, entró de maravilla. Fresca, directa y muy adecuada para poner en marcha el apetito sin cargar la mesa desde el primer momento. Hay platos que cumplen su función con precisión: refrescan, acompañan y preparan el terreno para lo que viene después.



El primer bocado con más carácter lo pusieron los torreznos con garbanzos fritos, una combinación que Fonso tiene en su recetario particular desde hace bastantes años. Siguen igual de buenos, y eso ya dice mucho. El torrezno aporta grasa, textura crujiente y mordida; el garbanzo frito suma una base más terrosa y seca, capaz de equilibrar el conjunto sin robar protagonismo. Es un plato reconocible, de memoria gustativa, que funciona porque no intenta ser otra cosa.

Después llegaron unas buenas gambas rojas a la plancha, un entrante elegante y sabroso, de esos que reclaman atención y poco más. En este tipo de producto la plancha tiene que respetar el punto y dejar que el jugo haga el resto. Aquí la cosa invitaba a rechupetear cabezas y dedos, que es una de las formas más sinceras de medir si una gamba ha cumplido.
Bonito de temporada y rape al punto

La temporada mandaba y el bonito apareció a la plancha, acompañado con bien de soja. Resultó delicioso, de lo mejorcito que llevo en esta campaña. La clave estuvo en mantener una cocción que no secara el pescado, dejando que la salsa de soja aportara ese matiz salino e intenso que le sienta especialmente bien cuando el bonito conserva jugosidad y limpieza en el bocado.


El cierre salado llegó con un buen rape para los cuatro comensales, perfecto de punto y acompañado de unas patatinas. El rape tiene esa firmeza tan agradecida cuando se trata con cuidado: carne tersa, sabor marino limpio y una textura que aguanta bien el protagonismo en el plato. Las patatinas hicieron de acompañamiento sencillo y eficaz, sin distraer de lo importante.



La comida terminó con trufas, sorbetes y una extensa chácharra, que también cuenta. Porque hay mesas que se valoran por la calidad de lo servido, pero también por el ritmo, la compañía y esa sobremesa que alarga la visita sin que nadie mire demasiado el reloj. Bonobo, en esta ocasión, dejó una comida muy de producto, de confianza y de temporada, con platos que fueron al grano y una sensación final de haber comido francamente bien antes de seguir la jornada entre vinos cordobeses.

Ubicado en: C. la Pola, 4, 39150 Suesa, Cantabria
+34 942 61 64 07
Instagram: @restaurante_bonobo
