Hemos Comido… en Melly, y hay veranos que no terminan de arrancar hasta que el bonito aparece en la mesa de algunos lugares concretos. Para mí, Melly es uno de esos sitios de referencia donde la temporada se reconoce por el producto, por la manera directa de presentarlo y por esa sensación de volver a una cita conocida, casi obligada, cuando el pescado está en su mejor momento.

La comida comenzó antes de sentarnos. En la barra, un cava que iba a ser una copa terminó convertido en botella mientras esperábamos mesa. En ese rato aparecieron dos pequeñas reliquias que trajeron recuerdos: el licor Karpi de naranja, originario de Amurrio, y el pacharán ACHA. Hacía años que no tenía noticias de ellos, y encontrarlos allí tuvo ese punto de alegría inesperada que a veces solo dan las barras con memoria.

Bonito crudo, aceite y sal

En Melly, cuando llega la época del bonito, se empieza por una preparación que no admite distracciones: bonito crudo con aceite y sal. Tres elementos, ninguna coartada. En un plato así, la calidad del pescado lo es todo. La pieza debe estar fresca, recién cortada y servida con una textura firme pero amable, porque cualquier desviación se nota al primer bocado.

Volvió a estar como siempre se espera aquí: limpio, delicado y con esa presencia del bonito de temporada que no necesita acompañamientos complejos. El aceite y la sal actuaban como apoyo, no como disfraz, dejando que el pescado llevara el peso del plato. Es una forma de servirlo que exige confianza en el producto y en el corte.

La compañía del bocarte

A la vera del bonito llegaron los boquerones de la casa, con buen bocarte y el vinagre en su punto justo. No es un detalle menor. En este tipo de preparación, el equilibrio del escabechado o del aliño decide si el pescado conserva su carácter o queda dominado por la acidez. Aquí estaba medido con precisión, dejando una sensación fresca y apetecible.

Después apareció un poco de marmita, que para quien disfruta de los guisos supone siempre una parada agradecida. En casa, un guiso bien planteado entra casi en cualquier momento, y más si llega con fundamento, calor y ese punto de cocina reposada que acompaña el día sin necesidad de imponerse.

Bonito encebollado y cierre 

La comida continuó compartiendo unos bocartes al ajillo y un bonito encebollado de los que conviene pedir cuando aparecen. Llegó jugoso, con la cebolla aportando un dulzor marcado y el vino de Montilla dando profundidad al conjunto. El resultado era sabroso y equilibrado, con el bonito manteniendo protagonismo sin perder ternura.

Para terminar, lo de siempre: queso de La Jarradilla con membrillo. Un cierre sencillo, conocido y eficaz, de esos que no necesitan explicación cuando ya forman parte de la costumbre.

En temporada, el bonito tiene unos cuantos nombres propios, y entre ellos destaca el de nuestro amigo Juan, Melly. Una dirección a la que volver cuando el verano pide buen pescado, mesa compartida y producto tratado con respeto.

Histórico de visitas a Melly

Por El Mule

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