Hemos Comido… en El Puchi, en Torrelavega, un lugar que muchos siguen asociando casi en exclusiva a sus pinchos de tortilla, pero que guarda bastante más recorrido cuando uno se sienta a la mesa. Esta vez la excusa era clara: reunir a unos cuantos amigos alrededor de una comida de verano, con el bonito como protagonista y con ese punto de encuentro que mantiene el pulso de los sitios de siempre.
Una mesa de amigos y buenos comienzos

Cada cierto tiempo, la mesa de El Puchi reúne a un grupo de amigos entre los que están los hermanos Puchi, que suelen avisar del encuentro, junto a Iñaki, de Uniko, que aparece con novedades o con piezas ya conocidas, pero siempre elegidas con criterio. En esta ocasión puso el listón alto desde el arranque: una cecina de las que piden pausa y un queso Stilton fresco, recién abierto, con esa textura cremosa que se deshace sin pedir permiso. También hubo un cava que no llegó a abrirse, porque líquido, desde luego, no faltó.


La comida fue en la terraza, como suele ser habitual. Ayer hacía un calor de justicia, pero el nordeste entraba de lleno y dejaba el ambiente mucho más llevadero. Ese detalle, que parece menor, acabó marcando la sobremesa: una mesa cómoda, conversación sin prisa y una sucesión de platos que fueron entrando con naturalidad.
Casquería, garbanzos y un blanco fiel
Antes de llegar al motivo principal de la jornada, la comida arrancó con una pequeña incursión por la casquería. Una ración de asadurilla y otra de callos para compartir, más que nada para picar, aunque al final este tipo de platos rara vez se quedan en un simple tanteo. La asadurilla mantenía ese punto casero que remite a cocina reposada, de cazuela y pan cerca; los callos iban en la misma línea, con salsa de las que invitan a untar sin contabilidad. No hubo aquí gestos forzados ni adornos innecesarios: solo platos bien trabados y con fondo.

El plato del día eran garbanzos con bacalao, y también cayó uno para compartir. Acostumbrado uno al cocido de vigilia con espinacas, estos tenían su propio punto: el garbanzo estaba tierno, sin venirse abajo, y el bacalao aparecía medido de sal, integrado en el guiso sin imponerse. Un plato sencillo en apariencia, pero agradecido cuando el producto y el punto de cocción van de la mano.


En la parte líquida hubo variedad antes de que el pescado tomara el mando: un espumoso gallego muy bueno, Lua Jazz de Bodega Viña Costeira elaborado con Treixadura; un rosado de prieto picudo, Pardevalles; algún vermut de solera y, ya con el bonito, un blanco de Alto de Castro elaborado con albillo mayor, uno de esos vinos que acompañan y que forman parte de mis vinos de cabecera. Su acidez y su trazo limpio encajaron bien con las preparaciones marineras que llegaron después.

El bonito, de tres maneras y con tomate serio
La razón verdadera de la visita era el producto del verano: el bonito. El primero salió al ajillo, marcado a la plancha y acompañado por un ajillo ligero, suficiente para perfumar sin tapar. Llegó en un punto muy acertado, jugoso, sin esa sequedad que a veces castiga a este pescado cuando se pasa de cocción. La carne mantenía firmeza y limpieza, con el ajo aportando calidez y el vino blanco haciendo de acompañante discreto.






Después vino el bonito encebollado, con bien de cebolla, de la que se deja pochar hasta volverse dulce y melosa. La preparación respetaba el pescado, sin exceso de cocción, y dejaba que la cebolla hiciera su trabajo: envolver, aportar dulzor y equilibrar la intensidad marina del bonito.
El cierre de la serie fue el bonito con tomate. Y aquí el tomate marcaba la diferencia: bien hecho, reducido con paciencia hasta quedar concentrado, sabroso y denso, de los que no parecen una salsa de paso sino una compañía pensada para el pescado. La acidez quedaba domada y el conjunto ganaba profundidad sin resultar pesado.


Alguno todavía se quedó con hambre y pidió unas albóndigas de bonito. Puestos ya en harina, también hubo que probarlas. Resultaron muy buenas, jugosas y con una salsa bien integrada, algo que no siempre es fácil en este tipo de elaboraciones, donde el pescado puede quedar seco si no se trata con cuidado.
El Puchi no debería quedarse encasillado como parada de tortilla, por mucho que esa fama le acompañe. Si uno se sienta a la mesa, aparece una cocina tradicional con más recorrido del que algunos imaginan, capaz de manejar la casquería, los guisos y un producto de temporada como el bonito con una solvencia que se agradece. En Torrelavega, entre amigos, nordeste y platos para compartir, quedó claro que aquí hay razones de sobra para volver con hambre.
Por El Mule
Histórico de visitas a Bar Puchi
Ubicado en: C. Valle los Tojos, 1, 39300 Torrelavega, Cantabria
Teléfono: +34 942 89 36 09
