Las Toñas concentra en un mismo local de Santoña una conservera artesanal, una tienda de productos cántabros y una barra donde detenerse a probarlos. El nombre recuerda a las Antonias —las Toñas—, madres y abuelas de los fundadores que dedicaron su vida al procesado del pescado y al cuidado de sus familias.

Tres espacios, una misma anchoa

Aquí se elabora, se vende y se sirve. La fábrica acerca al visitante al trabajo conservero; la tienda reúne una selección de productos de Cantabria; y la barra permite comprobar, tenedor en mano, qué ocurre cuando la materia prima llega a la mesa bien tratada.

El sobado, delante del cliente

El sobado manual es uno de sus principales reclamos. La limpieza y el fileteado se hacen a la vista, antes de que las anchoas pasen a la tienda o a la barra. Cuando hay sobadora, sirven media pandereta y completan la ración con piezas recién trabajadas para que el cliente compare. En nuestra visita no estaba, de modo que esa prueba quedó apuntada para la próxima.

La ración: tersura, limpieza y sal medida

La ración dejó pocas dudas: anchoas del Cantábrico tersas, carnosas, de buen tamaño, muy limpias y con la sal bien ajustada. Llegan escurridas del aceite de conservación y reciben después un AOVE suave, que suma untuosidad y redondea el bocado sin imponerse sobre el pescado.

Albariño para acompañar

Una copa de albariño Mar de Frades acompañó la ración. Su frescura equilibró la salinidad contenida de la anchoa y limpió el paso del aceite, dejando un conjunto ligero, apetecible y muy dado a pedir otra ronda.

Aprender antes de llevarse la tarrina

La propuesta se completa con talleres guiados en los que el visitante aprende a limpiar y empacar su propia tarrina de anchoas. También celebran catas maridadas, una manera directa de conocer mejor el producto antes de degustarlo allí mismo o llevárselo a casa.

La ración y el albariño justifican por sí solos la parada. Nos quedó pendiente regresar con la sobadora en faena y comprobar, una junto a otra, la pandereta y las piezas recién preparadas. Tampoco es mal plan: en Santoña siempre viene bien dejar una anchoa pendiente.

Por El Mule

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