Hemos Comido… en Pan de Cuco, en Suesa, una cuadrilla de amigotes con ganas de alargar la jornada más allá del plato. La idea estaba clara desde el principio: abrir boca sin prisa, dejar que la conversación hiciera su trabajo y cerrar el día frente a la bahía. Y así fue, con una comida que marcó el ritmo antes de poner rumbo al atardecer en la Bodega Bahía de Santander.

Barra, brindis y primeras impresiones

La jornada arrancó en la barra, ese lugar donde todo parece más cercano y donde los planes se afinan entre sorbos y saludos. Vermuts para templar el ánimo y un cava por copas que se salía de lo habitual: Dominio de la Vega Nº 1 Brut 2024, elaborado con macabeo. Una elección poco frecuente que, sin embargo, cumplió con creces, aportando frescura y una burbuja fina que invitaba a seguir conversando.

Tras las presentaciones —porque no todos se conocían y eso siempre añade chispa— pasamos al comedor, ya con el grupo rodado y la mesa predispuesta para compartir. Aquí empezó el verdadero juego: raciones al centro, cuchara va, cuchillo viene y comentarios cruzados que van perfilando la experiencia.

Entrantes para abrir el apetito

 

La ensaladilla, un clásico del grupo, volvió a demostrar por qué nunca falla. Cremosa, equilibrada y con ese punto que la hace reconocible desde el primer bocado. A su lado, un steak tartar con corte limpio y aliño contenido, donde el picante aparecía con elegancia, sin imponerse, pero suficiente para dar vida al conjunto.

Las albóndigas merecen mención aparte. De esas que obligan a mojar pan sin contemplaciones, con una salsa que pide repetir y una textura que habla de cuidado en la elaboración. No hubo discusión posible: plato de los que se recuerdan al salir.

El peso del principal

Llegado el momento de elegir, la ventresca de bonito se llevó buena parte de las decisiones. No es casualidad. Venía acompañada de una ensalada de tomate que hacía de contrapunto, aportando frescura y acidez medida, perfecta para equilibrar la untuosidad del pescado.

Por mi parte, me decanté por unas pochas con cachón. Ración generosa, de esas que llegan a la mesa y automáticamente se transforman en plato compartido. Legumbre en su punto, caldo bien ligado y el cachón aportando carácter sin robar protagonismo al conjunto. Hubo quien, tentado por la temporada, optó por otro bonito distinto a la ventresca, destacando su finura y sabor delicado.

Dulce final y copa en mano

El cierre llegó con dos clásicos que nunca sobran: flan de huevo y una selección de quesos de Cantabria. El flan, con textura sedosa y sabor limpio, los quesos, bien elegidos, poniendo el broche salino justo para despedir la mesa.

En el apartado líquido, acompañaron un blanco Viña Zorzal de garnacha blanca, con origen en Navarra, y un cava Rimarts Brut 18. El primero, con buena frescura y estructura para aguantar tanto las raciones como los principales; el segundo, más complejo, perfecto para estirar la sobremesa y enlazar con el siguiente destino.

Pan de Cuco se presta a lo que buscamos aquella jornada: comer bien, sin rigideces, dejando que la mesa marque el paso. Platos reconocibles, bien planteados y pensados para compartir, donde el producto y el punto importan. La comida no fue un final, sino el preludio perfecto para seguir el día frente al mar. Y esa continuidad, cuando se da de forma natural, es lo que convierte una comida en recuerdo.

Por El Mule

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