Hemos Comido… en La Riojana, en Cabezón de la Sal, un local que se suma a la oferta gastronómica de la zona con una propuesta diferenciada de lo clásico. Buenas instalaciones y un personal de trato cercano. Un sitio con cocina abierta los siete días de la semana y con argumentos para desayunar, comer, merendar o cenar sin tener que mirar demasiado el reloj.

La carta juega entre la cocina tradicional y una vertiente más creativa, con platos como los bombones de foie y chocolate, el ninoyaki de borono con compota de manzana, las patatas confitadas con jugo de costilla y jamón de bellota, los champiñones rellenos de papada de cerdo y rulo, o el pulpo crujiente con kimchee y muselina picante. Y junto a todo ello, una base cántabra que sostiene buena parte del atractivo del lugar.

Una carta para venir con hambre

El día venía especialmente hambriento y la hora ya era tardía, cerca de las 15:30. El local estaba lleno de parroquia, casi todos alrededor del menú del día, mientras yo decidí apoyarme en la carta. Y ahí empezó el problema: elegir. Porque había materia para sentarse con calma y dejarse llevar, pero el estómago, por muy voluntarioso que sea, también tiene sus límites. Así que la cosa quedó en dos raciones y un postre.

Bacalao a baja temperatura, alga codium y cuscús de brócoli

Comencé con un bacalao a baja temperatura con salsa ligera, alga codium y cuscús de brócoli. Hacía bastante que no encontraba un bacalao tan en su punto: buena tajada, textura limpia y una cocción precisa, de esas que respetan la pieza y la dejan expresarse sin cargarla de más. El alga codium aportaba ese guiño marino que acompaña sin tapar, mientras el cuscús de brócoli aligeraba el conjunto con una nota vegetal muy bien traída.

Fue una elaboración que me ganó por completo. No por grandilocuente, sino por afinada, por estar donde tenía que estar y por dejar esa sensación de haber acertado desde el primer plato.

Costilla de tudanca con salsa barbacoa y patata hojaldrada

De segundo llegó la costilla de tudanca con salsa barbacoa y patata hojaldrada. Carne bien tostada, la grasa marcada como debe y una jugosidad que confirmó la buena elección. Al tomarme la comanda pregunté si podía pedir media ración de patatas hojaldradas, pero me indicaron que la costilla ya venía bien de cantidad y que algunas patatas la acompañaban.

Y menos mal que esperé. Las patatas merecen la pena: distintas, sabrosas y con una textura que se sale de la guarnición de trámite. La costilla, además, tiene ese punto poco habitual de estar hecha con vacuno, algo que personalmente agradezco, porque buena parte de la oferta hostelera se queda en la costilla de cerdo y, a mi entender, la de vaca tiene mucho que decir cuando se trabaja con criterio.

Torrija caramelizada con helado Baileys

Para terminar, una de las elaboraciones que me habían llevado hasta allí: la torrija caramelizada con helado Baileys. Una versión golosa, bien marcada por el caramelo y acompañada por un helado que redondea el postre sin quitarle protagonismo. En Cantabria, donde la torrija tiene ese punto tan ligado a la Navidad, encontrarse con una propuesta así en Cabezón de la Sal tiene su aquel.

Y sí, la torrija justifica acercarse. No hace falta darle más vueltas: está para pedirla, cuchara en mano, y dejar que el final de la comida tenga el peso que merece.

La Riojana deja una impresión clara: un comedor vivo, una carta con tentaciones suficientes y una cocina que, al menos en esta visita, supo medir tiempos, puntos y raciones. El bacalao salió fino, la costilla sostuvo el pulso carnívoro y la torrija puso el remate dulce. Habrá que volver a Cabezón de la Sal con más margen, porque aquí la carta no se despacha en una sola sentada.

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