Hemos Comido…en el Solórzano, uno de mis locales fetiche de la oferta hostelera de Santander y mi vermutería predilecta. Se trata de un establecimiento que llevo frecuentando desde hace décadas; una barra emblemática que ha pasado por distintas manos a lo largo de su trayectoria, pero que ha sabido conservar su carácter original sin desvirtuarse.

La barra de trago largo y memoria marina

Su catálogo de macerados de ajenjo y botánicos sigue siendo inmenso, si bien la elección obligada pasa invariablemente por el vermut de la casa. En sus primeros años, la norma no escrita para acompañar la copa era degustar sus afamados caracolillos, que en días señalados se completaban con la presencia eventual de algún cámbaro.

Media de rabas y vermut a primera hora

A servidor le apasiona asentarse en una de las mesas altas del local a primera hora del mediodía. El ritual consiste en solicitar media ración de rabas de cefalópodo y armonizarlas con el vermut de la casa. Desde esa posición privilegiada se contempla el desfile de parroquianos que acuden a disfrutar de sus bebidas y viandas. Una parroquia que, en muchos casos, rememora vivencias de cuando la juventud quedaba en la cuesta aledaña al local, aprovechando los bancos de madera para acomodarse, tomar el trago y entablar conversación con cualquiera que bajara al Solórzano a alternar.

Pasan los años y cambian las gestiones, pero la costumbre de acudir al Solórzano a dejarse ver, apurar la copa de la casa y compartir mesa con la paisanaje sigue siendo un pilar fundamental del aperitivo en Santander. Una parada indispensable para quien entienda el noble arte de alternar en la cuesta como se ha hecho toda la vida.

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