Hemos Comido… en La Sidrería Cachopo, en Torrelavega, un establecimiento que se ha hecho un hueco en el imaginario local gracias a una campaña radiofónica constante en la que se proclaman como responsables de “los mejores cachopos de Cantabria”.

Tras escuchar el anuncio durante semanas, decidí comprobarlo por mí mismo.

Un plato con más historia de la que parece

Aunque hoy el cachopo se asocia de forma casi automática a Asturias, su origen no es tan lineal como podría pensarse. La primera referencia escrita sólida aparece en 1981, en La Guía de la Cocina Asturiana de Magdalena Alteri, donde se atribuye al restaurante Pelayo de Oviedo la incorporación del cachopo a su carta en 1947, bajo la dirección del cocinero Fernando Martín. La receta original, curiosamente, no llevaba jamón serrano, sino espárragos, lo que demuestra que el concepto inicial era más flexible de lo que hoy se considera “clásico”.

El cachopo antes del cachopo

El crítico gastronómico José Ignacio Gracia Noriega apuntaba que, aunque el plato se popularizó en los años cincuenta y sesenta, ya existían preparaciones similares entre la burguesía asturiana de principios del siglo XX. No se llamaban “cachopo”, pero compartían la idea de dos filetes grandes que encerraban un relleno y se freían tras un empanado.

Este tipo de elaboraciones —carne rellena, empanada y frita— aparece en distintas culturas europeas desde el siglo XIX. En España, platos como el librito de lomo, el San Jacobo o incluso algunas preparaciones de ternera rellena del recetario decimonónico muestran parentescos evidentes. El cachopo sería, por tanto, una evolución local de una técnica extendida.

En la XXIV Feria de los Quesos Artesanos de Asturias, un exminero nonagenario me relató una versión transmitida oralmente en su zona: cuando se sacrificaba un vacuno, las piezas grandes que estaban a punto de perder calidad se vendían en los bares, donde se rellenaban con quesos intensos —especialmente azules como el cabrales— y cecina. La explicación encaja con la realidad de la época: sin refrigeración moderna, aprovechar piezas voluminosas era una necesidad, y el relleno potente ayudaba a equilibrar sabores.

La expansión mediática

A partir de los años noventa y especialmente en la década de 2000, el cachopo vivió un crecimiento espectacular. Los concursos regionales, la aparición en programas televisivos y la facilidad para generar impacto visual en redes sociales lo convirtieron en un plato icónico. Su tamaño, su contundencia y la variedad de rellenos lo hicieron perfecto para la cultura gastronómica contemporánea, donde la imagen tiene un peso decisivo.

La visita a La Sidrería El Cachopo

El día de mi visita coincidió con una jornada de calor sofocante en Torrelavega. El interior del local también estaba caldeado, pero la carta compensaba cualquier incomodidad: extensa, variada y centrada en el cachopo como protagonista absoluto.

Ofrecen tres formatos principales:

  • XL: adecuado para una persona con apetito.
  • XXL: pensado para dos comensales, aunque puede llegar a tres.
  • Cachopo con K: un formato descomunal para cuatro personas.

Además de los tamaños, la variedad de rellenos es amplia: quesos asturianos, embutidos, setas, combinaciones más suaves y otras más intensas. Yo opté por un cachopo fuera de carta, relleno de queso de nata y cecina, lo que ya indica que trabajan la elaboración al momento y no recurren a productos precocinados.

El cachopo, aunque parezca sencillo, exige precisión en varios puntos clave:

La carne debe ser lo suficientemente fina para cocinarse de forma uniforme, pero no tanto como para romperse con el relleno. En este caso, el filete estaba bien trabajado, sin nervios que dificultaran el corte.

El queso de nata aporta cremosidad y suavidad, mientras que la cecina introduce un matiz aromático y salino. La combinación funciona porque ninguno de los dos ingredientes eclipsa al otro.

El empanado estaba bien adherido, sin desprenderse al cortar. La fritura, ejecutada a temperatura adecuada, evitó que el aceite penetrara en exceso. El resultado fue un cachopo jugoso, con un exterior dorado y un interior donde el queso se fundía sin desbordarse.

Las patatas fritas artesanas completaban el plato. Cortadas de forma irregular y fritas en aceite limpio, aportaban textura y equilibrio.

La visita cumplió con creces su objetivo: comprobar si el cachopo de este establecimiento está a la altura de su fama. La respuesta es afirmativa. La técnica, la calidad del relleno y el punto de fritura lo convierten en una opción recomendable dentro de la oferta cántabra.

Un plato contundente, bien ejecutado y que demuestra que, cuando se trabaja con atención, el cachopo puede ser mucho más que un simple reclamo.

Por El Mule

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