Hemos Comido… en el Hostel & Co, nueva cita en Santander para probar la primera tanda de tomates de Cantabria, tomate lugareño. No es un detalle menor: en esta tierra el tomate local tiene su calendario, su espera y su conversación propia. Hasta que agosto no se instala del todo, no aparece con esa presencia que lo convierte en uno de los productos más buscados de la huerta cántabra.

El Hostel & Co es uno de esos lugares que durante el año cuidan la calidad del tomate y que, cuando llega la temporada cántabra, centran la mirada en esta especialidad. En su propuesta no hubo grandes rodeos: tomate, aliño, pan de la Crujiente para rebañar y, como remate, una costilla asada con guarnición generosa.

El tomate pide sencillez

El comienzo fue el que tocaba: tomates de Cantabria cortados en rodajas, acompañados de un poco de cebolla, aceite, vinagre y sal. Una preparación directa, casi de sobremesa familiar, donde el producto se muestra sin distracciones y el aliño tiene que estar medido para no imponerse.

Conviene detenerse en el vinagre. Sé que a muchos comensales no les convence su presencia junto al tomate, pero en este caso aportaba ese punto ácido que afina el bocado y despierta el jugo. El aceite y el vinagre, cuando están bien escogidos, no van por separado: se entienden, se equilibran y hacen que el plato gane profundidad sin perder frescura.

Aquí el aliño estaba como a mí me gusta: presente, limpio y con la acidez justa. El tomate soltaba su jugo, la cebolla añadía mordida y la sal remataba el conjunto con discreción. No hacía falta más para entender por qué este vegetal, cuando llega de la huerta cercana y se sirve en su momento, tiene tanta demanda en Cantabria.

Pan, jugos y costilla asada

El pan también tuvo su importancia. Era un pan de La Crujiente, de buena masa, con entidad suficiente para acompañar el plato y, sobre todo, para rebañar esos jugos que quedan en el fondo: tomate, aceite, vinagre y sal formando una salsa natural que no se anuncia, pero se busca con insistencia.

Después llegó el principal: costilla asada, en su punto, jugosa y sin exceso de grasa. La carne mantenía esa textura amable que se agradece en un asado bien controlado, con una salsa capaz de envolver sin resultar pesada. A su lado, unas patatas fritas artesanas que se iban empapando del fondo del asado, ganando sabor en cada vuelta de tenedor.

Los pimientos asados completaban el plato con un matiz dulce y vegetal, haciendo de contrapunto a la costilla. El conjunto resultó completo, sabroso y muy reconocible, de esos que encajan bien después de un comienzo tan marcado por el producto de temporada.

La visita al Hostel & Co dejó una idea clara: cuando agosto trae el tomate cántabro, conviene sentarse a la mesa sin demasiadas prisas. Un buen tomate aliñado, un pan con carácter y un asado jugoso bastan para construir una comida con sentido, cercana y muy nuestra. De las que no necesitan adornarse para dejar recuerdo.

Por El Mule

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