Hemos Comido… en La Casona de Nori, en Cieza, una parada que tenía marcada desde hacía años y que, por unas cosas u otras, nunca terminaba de cuadrar en la agenda. Esta vez encajó como parada y fonda camino de la Feria Internacional del Queso de Pesquera, con cinco comensales dispuestos a sentarse ante la legumbre patria y dejar que el puchero hablase. La expectativa era alta; el resultado, por desgracia, bastante más discreto.

Cuchara con poca pegada

La visita arrancó con una idea clara: darle fuerte y flojo a los platos de cuchara. De los cinco comensales, cuatro pidieron caricos y yo me decanté por el cocido montañés. En este tipo de platos no hay demasiado escondite posible: el caldo debe tener cuerpo, la legumbre ha de llegar tierna y el conjunto necesita ese reposo que convierte una elaboración sencilla en una ración seria.

 

El cocido montañés, sin embargo, se quedó a medio camino. Le faltaba enjundia, un poco más de tiempo al calor y, sobre todo, ese remanso de puchero que permite que la alubia, la verdura y el caldo se traben con naturalidad. Las alubias estaban duras y el guiso no alcanzaba la potencia esperada. Más que un problema de concepto, la sensación fue de falta de tiempo y reposo, dos cuestiones capitales cuando hablamos de cocina de cuchara.

Caricos sin remate

Los caricos siguieron una línea parecida. La mesa buscaba una legumbre melosa, con ese punto mantecoso que invita a mojar y a callar un rato, pero llegaron faltos de sabor y con una textura harinosa. No hubo entusiasmo ni defensa cerrada del plato por parte de ninguno de los presentes. En lo concerniente al gusto de los cinco comensales, los primeros no llegaron al aprobado.

Y conviene decirlo con claridad, porque la cocina tradicional, cuando se apoya en la legumbre, vive de pequeños detalles: cocción uniforme, caldo ligado, punto de sal, grasa medida y tiempo para que todo se asiente. Si alguno de esos elementos falla, el plato pierde recorrido. Aquí no había un desastre sobre la mesa, pero sí una falta evidente de profundidad que dejó la primera parte de la comida bastante plana.

Huevos con patatas: aprobado justo

Después llegaron los segundos, divididos en tres platucos: huevo con patatas y callos, huevo con torreznos y patatas, y huevo con jijas y patatas. Yo pedí el primero, con callos, y me pareció correcto. La combinación tiene mimbres para gustar: la yema aporta untuosidad, la patata recoge bien los jugos y la casquería, si viene afinada, puede levantar el plato con carácter. En esta ocasión cumplió, pero sin dejar una huella especialmente marcada.

Con los torreznos y las jijas ocurrió algo parecido según lo comentado en la mesa: no hubo quejas, pero tampoco aspavientos. Fueron platos suficientes para salvar el tramo final de la comida, aunque con un aprobado justo. Esa es quizá la sensación general: una casa que, al menos en esta visita, se mantuvo en lo correcto cuando salió de la cuchara, pero no consiguió remontar del todo el inicio.

En resumen, Casa Nori me decepcionó. Y lo digo con cierta pena, porque mis últimas visitas habían dejado una impresión completamente distinta. Esta vez faltó punto, reposo y contundencia en los guisos, justo donde uno esperaba encontrar mayor firmeza. Esperemos que haya sido algo pasajero, un día torcido de cocina o una mesa que llegó en el momento menos propicio. Porque cuando uno vuelve a un sitio con ganas, lo último que quiere es salir pensando que la memoria le había puesto el listón más alto que el plato.

Por El Mule

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