Hemos Comido… en El Pozo, uno de esos asadores de Cueto que siguen manteniendo viva la tradicion de la brasa y mantienee una carta de las de toda la vida. Iba con una idea bastante fija —las sardinas—, pero antes hubo un primer plato que dejó claro que aquí todavía se cocina con paciencia y gusto por lo clásico.


Cueto, brasa y costumbre
El Pozo es, probablemente, el más castizo de los asadores que quedan por la zona de Cueto, donde al final sobreviven un par de referencias capaces de mantener esa relación tan santanderina entre parrilla, pescado y comedor familiar. El restaurante combina menú del día y una carta amplia, centrada en elaboraciones tradicionales de asador, de esas que no necesitan dar demasiadas explicaciones porque se entienden desde el olor de la brasa y desde el ritmo de un comedor que sabe a sitio conocido.
En su trayectoria pesan también las jornadas gastronómicas, con el congrio como una de sus citas tradicionales, junto a otras dedicadas al arroz, al bogavante o al pulpo. Esa parte marinera convive con una oferta estival muy reconocible, donde el bonito y las sardinas a la brasa tienen mucho que decir. No es casual que, en plena temporada, las sardinas aparezcan en buena parte de las mesas: hay platos que funcionan como reclamo y otros como confirmación, y aquí las sardinas pertenecen claramente al segundo grupo.
Chipirones antes de la brasa
La intención inicial estaba clara desde casa: acercarme a El Pozo con las sardinas grabadas a fuego en la cabeza. Quedaba por decidir el primero, y la elección fue una ración de chipirones encebollados. Buen comienzo. La ración llegó generosa, con los chipirones bien arropados por una cebolla y un pimiento pochados con tino, más ese chorro de vino blanco que termina de levantar el fondo sin disfrazarlo.

El plato tenía esa lectura sencilla y agradecida de la cocina de asador cuando mira al mar: textura amable, verdura rendida, jugo sabroso y una sensación de guiso corto que acompaña sin hacerse pesado. No había exceso de grasa ni una salsa empeñada en mandar sobre el conjunto. Más bien lo contrario: cebolla, pimiento y vino blanco puestos al servicio del chipirón, con una cocción que dejaba el bocado en su sitio. Vamos, que estaban muy de mi agrado, y eso en un primer plato ya es bastante decir.
Sardinas de verano
Después llegó el motivo real de la visita: una buena ración de sardinas. Y conviene detenerse en lo que parece obvio, porque no siempre lo es. Eran sardinas de buen tamaño, asadas en su punto justo, con la piel marcada por la brasa y la carne todavía jugosa, sin pasarse de calor ni quedarse corta. En este tipo de platos, el margen de error es pequeño: un minuto de más seca el pescado; uno de menos deja la pieza sin esa gracia tostada que pide la parrilla.

Las sardinas en El Pozo están como siempre, y eso aquí juega a favor. No se trata de buscar novedades donde no hacen falta, sino de encontrarse con lo que uno esperaba: brasa directa, punto medido y ese gusto marino que se disfruta mejor cuando el producto llega caliente, con la piel ligeramente crujiente y la espina marcando el ritmo del plato. Son sardinas para comer sin prisa, con servilleta cerca y conversación alrededor, como mandan las comidas de verano en Santander.

También dice mucho que en la mayoría de las mesas apareciera alguna ración. Hay productos que crean ambiente sin necesidad de anunciarse demasiado, y la sardina a la brasa tiene esa virtud: cuando sale bien, se reconoce desde lejos. En mi caso, fueron las segundas sardinas de este verano y el segundo acierto. No hay que darle más vueltas cuando el plato cumple lo que promete y confirma la visita.
Una mesa de asador
El Pozo mantiene ese perfil de asador clásico donde la carta mira al producto y la brasa tiene un papel principal. No pretende despistar con nombres largos ni composiciones forzadas; su terreno está en los chipirones encebollados, los pescados de temporada, las sardinas, el bonito y esas elaboraciones que encajan bien en una comida de zona norte, sin estridencias y con una idea clara de lo que el cliente viene a buscar.
La visita dejó una sensación muy reconocible: la de haber comido en un sitio que sigue teniendo una relación natural con sus platos de siempre. Primero, unos chipirones encebollados generosos y sabrosos; después, unas sardinas de buen tamaño, bien asadas y con ese punto de brasa que justifica la escapada. A veces uno va con una idea fija y sale con la confirmación de que había elegido bien. En El Pozo, esta vez, fue así.

Por El Mule
- 📍 Ubicado en: C. Inés Diego de Noval, 60, 39012 Santander, Cantabria
- ☎️ 942 03 04 90
