Hemos Comido… en Bodega San Fermín, donde el relevo en la dirección se percibe en una propuesta más viva: tapas de producto próximo, cocina marinera cántabra y elaboraciones con acento sudamericano. Una comida de barra, mesa y conversación, con platos que no necesitan levantar la voz para hacerse notar.


La barra como aperitivo: blancos, bonito y tomate de temporada
La visita comenzó como deben empezar ciertas comidas: en la barra, con Jaime y Manuel, unos blancos de origen galo —champagne, para entendernos— y la cháchara habitual antes de sentarse. Una tapa de albóndigas de bonito en salsa verde sirvió de prólogo marinero, con ese punto que abre el apetito sin adelantar demasiadas cartas.



Ya en la mesa, el tomate de Cantabria marcó territorio. En estas fechas, quien no presume de buen tomate lo tiene complicado: la temporada es breve y el producto, cuando sale como debe, juega en otra liga. Aquí llegó con una textura limpia, jugo generoso y un aceite de oliva virgen extra que acompañaba sin imponerse, dando cancha a la fruta.

Tortilla de bacalao y tiradito de lubina: Cantabria con ají


La primera sorpresa llegó con una tortilla de bacalao, una preparación que, pese a la fama cántabra en materia de tortillas, no se encuentra con tanta facilidad. Remitía a la tradición de sidrería, venía bien cargada de bacalao de Guillermo del Rey y mantenía ese equilibrio agradecido entre jugosidad, salinidad y bocado.

Después, el tiradito de lubina cambió el ritmo. El pescado llegaba con buen corte, acompañado de pico de gallo y una salsa con base de ají y leche de tigre. La combinación funcionaba por frescura, acidez y medida: una elaboración peruana aplicada a producto local, distinta dentro del repertorio habitual de los tiraditos y muy bien recibida en la mesa.
Bocartes, sardinas, tartar y Lemon Pie

Los bocartes rebozados trajeron de nuevo el Cantábrico a la mesa. Poco puedo presumir de imparcialidad con este pescado, pero el punto del rebozado era preciso: ligero, ajustado, dejando respirar al bocarte, que llegaba fresquísimo.

Las sardinas a la plancha mantuvieron el tono. Es cierto que la brasa les aporta otro carácter, pero así también se disfrutaban: buen tamaño, punto de cocción correcto y frescura evidente.

El tartar fue otra parada interesante. La carne, de vaca madura de Gil del Río, venía cortada como debe cuando uno quiere masticar y entender lo que come: en trozos distinguibles, con buen gusto y sin exceso de ingredientes interfiriendo. El tabasco quedó aparte, detalle sensato para quien quisiera apretar el picante a su manera.

El cierre llegó con un Lemon Pie. Cuando aparece el merengue, uno ya va medio conquistado, y aquí acompañaba una crema acertada, sin pasarse con el azúcar.
Un final luminoso para una comida que dejó señales claras: producto cercano, barra con vida, cocina marinera y alguna salida sudamericana que le sienta bien a la casa.
- 📍 Ubicado en: C. Tetuán, 39, 39004 Santander, Cantabria
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