Bonito de temporada y grandes clásicos en La Vinoteca

Tras varios días recorriendo el sur de España bajo temperaturas propias del verano más intenso, la vuelta pedía exactamente lo que encontramos en La Vinoteca. Una comida reposada, producto fresco y una carta capaz de combinar tradición, temporada y técnica con naturalidad. Una visita que confirma que hay establecimientos donde el paso del tiempo no altera aquello que los hace especiales.

Un comienzo marcado por el vino y los aperitivos

La comida arrancó con una botella de Pedregar, de AT Roca, un Corpinat brut nature elaborado a partir de Garnacha Negra. Su burbuja fina y pausada, junto con su perfil fresco, mineral y ligeramente cremoso, lo convirtió en un acompañante ideal para una comida centrada en el producto.

Como sucede habitualmente en la casa, antes de comenzar con las raciones llegó un aperitivo de bienvenida. En esta ocasión, salmorejo y ensaladilla, dos elaboraciones reconocibles que cumplieron a la perfección su función de abrir el apetito y preparar el terreno para lo que estaba por venir.

Las gambas y el bonito, protagonistas de la jornada

Hay platos que forman parte de la identidad de un restaurante y que cuesta imaginar fuera de una comanda. En La Vinoteca, uno de ellos son las gambas a la sal.

La ración volvió a destacar por la precisión en el tratamiento del producto. La gamba conservaba toda su jugosidad, con una textura delicada y agradable que permitía apreciar cada matiz. Son de esos platos donde la calidad de la materia prima queda expuesta desde el primer bocado y donde cualquier intervención innecesaria resultaría superflua.

Con la llegada del bonito a nuestras costas, el restaurante dedica parte de su oferta a este pescado tan ligado a la temporada estival. De las propuestas disponibles elegimos dos elaboraciones muy distintas entre sí.

La primera fue un escabeche de bonito que destacaba por su equilibrio y jugosidad. Una receta que conecta con preparaciones tradicionales y que encuentra su mejor momento precisamente cuando el producto alcanza su plenitud. Una elaboración que podría resumirse en tres conceptos: sencillez, arraigo y temporalidad.

La segunda propuesta fue un sashimi de bonito con mayonesa de wasabi y huevas de trucha. Aquí el protagonismo recaía completamente sobre el pescado. El corte, la frescura y la textura del bonito marcaban el ritmo del plato, mientras que el wasabi y las huevas aportaban matices complementarios sin desplazar el foco principal.

Un final de confianza

Para cerrar la parte salada llegó una de esas raciones que se han convertido en habituales cada vez que visitamos el local: mollejas confitadas con crujiente de papada y manzana.

La combinación funciona gracias al contraste de texturas y temperaturas. La suavidad de la molleja encuentra apoyo en el crujiente de la papada, mientras que la manzana introduce un contrapunto fresco que aporta equilibrio al conjunto.

Los postres mantuvieron la línea de la comida con dos propuestas muy diferentes: Tigreton y ravioli de piña, un cierre agradable y bien planteado para concluir la experiencia.

No todos los restaurantes consiguen mantener un nivel constante con el paso de los años. La Vinoteca pertenece a ese grupo de establecimientos que continúan ofreciendo exactamente aquello que sus clientes buscan cuando se sientan a la mesa: producto de primer nivel, elaboraciones reconocibles, raciones generosas y un servicio atento.

La sensación al marcharse es la misma que en anteriores visitas. Todo sigue funcionando con la misma solidez. La atención resulta cercana y profesional, la calidad de la materia prima mantiene un nivel sobresaliente y la relación calidad-precio se ajusta a la propuesta gastronómica del local. Una casa que continúa demostrando que la regularidad, cuando está respaldada por buen producto y criterio, sigue siendo una de las mayores virtudes de la restauración.

Por El Mule

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