Isla sirvió su despensa entre huerta y mar

El Programa Isla Gastronómica 2026 amplió la Feria del Pimiento con una sucesión de encuentros celebrados en Casa Mareas, en Soano, y en el Molino de Santa Olaja. Durante aquellas jornadas, la huerta, el viñedo, las conservas, los mariscos y la repostería cántabra compartieron mesa para explicar, con degustaciones y relatos concretos, cómo se produce y se come en este rincón de Trasmiera.

El pimiento abrió la mesa

La apertura estuvo dedicada a un vínculo tan lógico como necesario: el de la huerta y la hostelería. Con Juan Luis Centeno, director de la ODECA, como participante, Emérito Astuy explicó su iniciativa en torno al pimiento de Isla, orientada a cultivar un producto de calidad y a abastecer sus restaurantes con hortalizas propias, naturales y de plena confianza. La charla no se quedó en una declaración de intenciones. El pimiento apareció en distintas presentaciones y permitió comprobar su textura carnosa, su grosor y esa presencia gustativa que lo ha convertido en una referencia popular de la localidad.

La propuesta encajó con el origen de la feria, nacida en 2013 para promocionar la huerta y la oferta agroalimentaria de Cantabria. Tras el parón provocado por la pandemia, el encuentro había recuperado su continuidad con puestos de agricultores, productores y artesanos. En 2026, el programa dio un paso más: sentó a quienes cultivan junto a quienes cocinan y mostró que la relación entre ambos sectores puede sostener una oferta turística reconocible y vinculada al territorio.

La identidad del encuentro también se entendió al observar la despensa que lo sostenía. Isla no acudía a la cita únicamente con su pimiento. En sus huertas se cultivaban variedades de alubia tan reconocibles como los caricos y las verdinas, productos que compartían protagonismo con otras hortalizas y que explicaban la continuidad del concurso de ollas ferroviarias. Sin embargo, el pimiento conservó una posición principal por su textura, su grosor y su sabor, cualidades que habían favorecido su reconocimiento popular y la aprobación de una norma técnica para utilizar la marca de Garantía de Calidad Controlada. Esa referencia añadía rigor a la promoción y permitía hablar del producto con criterios definidos, más allá de la costumbre local.

Los bocados de pimiento se acompañaron con vino de Bodegas Isla, una combinación que anticipó otra de las líneas principales de aquellas jornadas. La vid había regresado a Isla unos años antes y la Feria del Vino Costa de Cantabria, creada en 2023, había servido de escaparate para las bodegas acogidas a la IGP Vinos de la Tierra Costa de Cantabria. La edición precedente había reunido a más de 2.000 visitantes, y el formato de bonos de degustación, a un euro por cata, pincho o cazuelita de olla ferroviaria, acercó el producto al público con sencillez.

Esa recuperación vitícola se explicó con detalle en «Las viñas que miran al mar». Jesús Sierra, bodeguero, presentó Bodegas y Viñedos de Isla, mientras Rubén Pérez, presidente de la Academia Cántabra de Sumillería, dirigió la cata. Se sirvieron los tres vinos principales de la casa: Trueque, elaborado mediante un ensamblaje de tres variedades de uva; ER17, producido con albariño, y La Caseta, basado principalmente en godello. Una tapa acompañó la sesión y ayudó a leer aromas, sabores y matices sin convertir la explicación en una clase distante.

El vino volvió a la mesa en «La marmita de Isla», una presentación conducida por Alfonso Fraile y compartida por Cristóbal Sierra, del restaurante La Chata, y Gabriel, de Bodegas Viña Carmina. El cocinero mostró la receta de este plato cántabro con pimiento de Isla, donde el bonito se reunió con los productos de la huerta. Los vinos de Viña Carmina completaron el maridaje y reforzaron una idea repetida a lo largo del programa: la cocina local ganaba precisión cuando cada ingrediente podía contar de dónde venía.

Mar, conserva y cata a ciegas

La cercanía del Cantábrico marcó varias sesiones. «La huerta marina de Isla» reunió al restaurante Olimpo y a Conservas Mingo alrededor de una despensa en la que convivieron salitre, cultivo y marisco. Ramón Ortiz y su equipo presentaron una propuesta con conservas, productos de su huerta ecológica y mariscos del Cantábrico, además de una elaboración centrada en la langosta de Isla. Mientras se relataba una trayectoria prolongada en la hostelería y en el mundo conservero, los asistentes probaron distintos maridajes. La explicación situó cada bocado dentro de una cadena reconocible, desde el cultivo o la captura hasta la mesa.

También hubo espacio para modificar la forma habitual de catar. «Océano Ciego», desarrollado por el equipo del Ecoparque junto a Juan Manuel España, jefe de sala y profesor en la Asociación de Hostelería de Cantabria, propuso una degustación sin apoyo visual. La narración, la música y la poesía guiaron un recorrido imaginado por el Ecoparque de Trasmiera, interrumpido por bocados inesperados del mar y la huerta. Al privar a la vista de su papel dominante, texturas, temperaturas, aromas y sonidos adquirieron mayor relieve. La actividad no se recomendó a personas con alergias o intolerancias, ya que la composición de la degustación debía permanecer oculta.

La propuesta más líquida llegó con «El vermut soñado». David Martínez dirigió una cata de Destilería Siderit y repasó la evolución de la empresa cántabra, fundada en 2013 por David y Rubén. Comenzaron en un pequeño local con una producción de 6.000 botellas y, para entonces, se habían trasladado a una nave de mayores dimensiones, donde alcanzaban las 250.000 unidades y vendían en 35 países. Las cifras dieron contexto a una degustación de vermut clásico, Reserva y Cherry Wood.

Las gildas y los quesos de Quesería Siete Villas acompañaron las copas. La salinidad, la grasa y la acidez de estos bocados ofrecieron puntos de contraste para distinguir el perfil de cada vermut. El relato empresarial quedó así sujeto a una comprobación directa: producto, acompañamiento y explicación avanzaron al mismo ritmo, sin perder de vista el origen cántabro de la destilería.

El programa se prolongó además en la Feria del Vino Costa de Cantabria, celebrada un día después de la del Pimiento. Agricultores locales, alrededor de una docena de bodegas de la IGP, queserías artesanas y productores de cerveza, vermut, miel y embutidos se reunieron en un mismo espacio. Allí continuó el concurso de ollas ferroviarias, dedicado a la alubia blanca, el carico y el pimiento. Aquella cazuela, ligada a la cocina paciente y colectiva, sirvió de contrapunto cálido a las catas y recordó el peso de las legumbres de Isla dentro de la despensa municipal.

El planteamiento de la feria favoreció además una degustación pausada y abierta a públicos distintos. El bono de un euro permitía elegir entre una cata de vino, un pincho preparado por otros productores o una cazuelita del concurso de ollas ferroviarias. No hacía falta abordar todo el programa de una vez: cada visitante podía componer su propio recorrido entre bodegas, queserías y elaboradores de cerveza, vermut, miel o embutidos artesanos. Esa fórmula había contribuido al buen resultado de la edición anterior, cuando se contabilizaron más de 2.000 visitantes y una participación destacada de bodegas, acompañada de degustación y venta de producto.

Dulces, molienda y memoria local

La parte dulce tuvo dos registros distintos. En «Una dulce historia para comérsela», Breixo Balboa y el equipo de JM Cakesss repasaron la evolución de una iniciativa nacida del empeño por preparar tartas de queso diferentes. La sesión recorrió los primeros pasos de la marca hasta el llamado «Laboratorio de las Cakesss» y ordenó la degustación en cuatro variedades: Clásica, Lotus, Kinder y Sobao. Cada una tuvo su cucharada y su momento, lo que permitió comparar perfiles sin mezclarlos. Como cierre, cada asistente recibió una tarta individual de la variedad Clásica para llevar a casa.

«La Cantabria más dulce» miró hacia elaboraciones más asentadas en la tradición regional. Alfonso Fraile guio una degustación de sobaos, quesadas y otros dulces de Los Pasiegos de Diego, obrador de Hoznayo cuyos orígenes se remontaban a la década de 1970. La firma había recibido numerosos premios, entre ellos el reconocimiento al mejor sobao en varias ediciones. La miga mantecosa y densa encontró un acompañamiento apropiado en el chocolate a la taza de Dromedario, servido para completar una merienda muy cántabra y, de paso, aliviar la contundencia del bollo.

El cierre fuera de Casa Mareas llevó a los asistentes al Molino de Santa Olaja. Bajo el título «En el Molino, pan y vino», Marco Pérez y Cristina Campo, del equipo del Ecoparque, condujeron una visita teatralizada por los rincones del edificio. Marcial, el molinero, y Josefa protagonizaron una recreación de tono pícaro basada en leyendas sobre la molienda y la vida cotidiana en aquel entorno.

Durante la representación se ofrecieron tortitas de maíz con queso o embutidos y vino de Bodegas Isla. La combinación tuvo pleno sentido en el lugar: el maíz remitía a la función del molino, mientras el vino enlazaba con la recuperación de los viñedos locales. Al terminar, la noche dejó ver la Marisma Joyel desde otra perspectiva, una imagen serena para despedir una programación construida alrededor de productos concretos, productores identificables y espacios que explican el paisaje de Arnuero.

En conjunto, Isla Gastronómica 2026 consiguió que feria, cata, cocina y divulgación se apoyaran entre sí. El pimiento ocupó el centro, pero no quedó aislado: se encontró con el bonito en la marmita, con los vinos de la costa, con las conservas y los mariscos, y con una comunidad de elaboradores dispuesta a mostrar su trabajo al público. Incluso las propuestas más lúdicas mantuvieron una relación clara con Trasmiera y con sus formas de producir.

Casa Mareas funcionó como punto de reunión para las catas y presentaciones, mientras el Molino de Santa Olaja aportó un marco distinto, vinculado a la molienda y a la Marisma Joyel. El cambio de escenario evitó que la programación quedara reducida a una sucesión de degustaciones. Hubo conversación con bodegueros, cocineros, responsables de sala, productores y divulgadores; también una visita teatralizada y una cata a ciegas que obligó a prestar atención a las sensaciones de cada bocado. En todos los casos, el producto estuvo acompañado por una explicación suficiente para reconocer su procedencia y comprender qué lugar ocupaba dentro de la oferta gastronómica de Isla.

Cuando se apagaron las últimas explicaciones y quedaron atrás las copas, las cucharas y las cazuelas, el programa dejó una certeza sencilla: Isla supo presentarse a través de lo que cultiva, elabora y cocina. La edición de 2026 ya pasó, pero su mejor recuerdo permaneció en esa mesa compartida donde el pimiento, la vid, el mar y la repostería cántabra hablaron con datos, nombres propios y bocados reconocibles.

Por el Mule

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