Hemos Comido…En La Posada del Mar, otro año comida de Navidad de empresa, como dice una de las leyes de Murphy: si funciona no lo toques.
Diciembre 2014. La realidad es tan simple como: si sabes que va a salir bien y a gusto de todos, ¿para qué vas a cambiar?. Cocina tradicional de calidad, producto de primera, servicio de primera, parking a la entrada y en el centro de la ciudad. Así que estaba lleno, ya solo nosotros llenábamos un comedor.
Tomás Merendón, gerente de La Posada es alguien a quien conozco desde niño pues ambos hacíamos judo, el con Nando en el Karatekan y yo en el Hiroshima con Aristín; es alguien agradable, siempre lo ha sido y siempre lo será, con tiempo siempre para hablar y con una alta capacidad de comunicación.
Su cocina es un reflejo de su carácter, sosegada, siempre agradable, producto de calidad y de cercanía. Nunca falla.
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Comenzamos con unos apertitivos compartidos. Una estupenda cecina regada con un aceite de oliva virgen suave que añadía el justo sabor a tan estupendo embutido, muy buena y recomendable.
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Continuamos con unas verduras en tempura, algo que me sigue sorprendiendo aunque no sea la primera vez que lo tomo en este sitio. La ración esta preparada con una gran mestría, crujiente por fuera y al dente por dentro, acompañada de cuatro salsas distintas. Recomendable al cien por cien.
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Y unas rabas, de las mejores que he tomado últimamente, crujientes por fuera y de primera cocción, buen material y justas de sal. Estas se nos pasaron en el documental Con Rabas y a Lo Loco, unas rabas muy recomendables. Después de estos entrantes cada uno tomó como plato principal un plato de carta.
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Dentro de los segundos un buen surtido de ellos, entre los apartados clásicos de carne o pescado, a destacar entre los pescados la famosa merluza, lubina, atún que tomé yo, y por cierto estaba muy bueno, y varias raciones más de las que no tomé nota, pero que desfilaron con la misma buena pinta delante de todos.
De postre una deliciosa tarta de hojaldre y helado. Según la opinión general la comida era de diez. De precio no sé, pagaron los anfitriones, pero cuando se vuelve y en más de una ocasión es que el sitio merece la pena.
Para terminar un gin tonic, un excelente fin de comida a horas de casi cena, pues la velada se alargó más de lo habitual.
Por El Mule