Hemos Comido…en Barcenaciones, visitando los nuevos dominios de Fernando y Érika, El Pucheru. Un cambio total de cocina y un cambio radical de estilo, una buenísima cocina regional de cuchara, más bien de cucharón.
El Pucheru es un mesón de esos típicos de los pueblos de nuestra región, casona de piedra, jardín para el verano, tres comedores y por supuesto una comida excelente y a buen precio. La carta se ha renovado un poco, ya que ahora lo lleva Fernando Llamosas.
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Abril 2013. Ya nos tocaba hacer una visita a Fernando y Érika tras su traslado desde La Casona del Valle. El cambio de tercio ha sido total, aunque mantiene en carta su increíble atún y por encargo sus elaboraciones de cocina japonesa. Tras preguntarle por su tan drástico cambio nos arguye algunas de sus razones: hoy en día existe una mayor demanda de cocina tradicional, la cocina de autor esta aparcada debido sobre todo al precio y como razón principal el mesón invita a esta y no a otro tipo de comida, que cree desentonaría en dicho ambiente, aunque ya tiene proyectos a este respecto centrados en un gastrobar con una oferta diferente.
El mesón dispones a la entrada de una barra de lo más tradicional diseñada para el blanqueo. En otro orden de cosas no hemos hablado del pueblo. Perteneciente al ayuntamiento de Reocín y atravesado por el rio Saja fue nombrado Pueblo de Cantabria 2012.
Existen varios puntos de interés dentro de su entramado de calles. Se destaca, por ejemplo, la iglesia parroquial de San Juan Bautista, del siglo XVII, así como la antigua bolera, alrededor de la cual se encuentra la plaza principal del pueblo.
La mayoría de las edificaciones que conforman el entramado urbano cuentan con un gran valor arquitectónico, por haber mantenido en el tiempo la construcción en piedra natural y cubierta tradicional a dos aguas, lo que convierte a este enclave en un punto de interés desde el punto de vista turístico y arquitectónico.
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Como decíamos al principio del artículo dispone de tres comedores, uno completamente interior y otros dos de mayor tamaño con vistas al exterior. Más una terraza de entrada de lo más amigable y una terraza situada en un prao colindante donde tomar una vermut en verano o cenar a la luz de la luna o comer con una buena sombrilla.
La carta es bastante extensa y basada en producto tanto de calidad como de cercanía, siempre hay disponibles al menos tres platos de cuchara, también dispone de un menú del día. Éramos tres a comer, comida de trabajo, y tras las presentaciones decidimos que Erika nos sirviera un resumen de su carta.
Comenzamos con unos pimientos de padrón «que unos pican y otros non», perfectamente hechos, punto correcto. a mí no me tocó ninguno picante, algo de agradecer, pues no conozco picante más incómodo que el de estos «jodios» pimientos cuando pican. Me encantan acompañados de sal gorda que agudiza el sabor, muy buenos y una buena ración.
Continuamos con una morcilla que hacen en el pueblo. Hacía muchos años que no probaba una morcilla tan rica y tan bien hecha. Morcilla limpia de especias que es algo que me fastidia un montón pues normalmente saben a clavo o a nuez moscada única y exclusivamente. Una morcilla de arroz buenísima y con un toque se sartén perfectísimo, una buena ración, acompañada de una cebolla al vino tinto.
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Y seguimos con un auténtico desfile de raciones. Yo creo que nos vieron con cara de hambre. Entre yo que no sé decir no y mis acompañantes idem, tuvimos la obligación de acabar con todo lo que nos pusieron, lo que nos llevó a un estado próximo a la meditación transcendental llamado: «O hecho la siesta o muero», pero como tres machotes acabamos con todo.
Continuamos con unos pocos garbanzos con callos, hacía mucho que no los probaba y es algo que me encanta. El garbanzo muy bien en su punto y muy fino, el sabor de los callos buenísimo, algo picantillo. Este era el plato de día y aprovechamos para probar y juzgar, salió airoso de este lance.
Después de los garbanzos, pues unos callitos «palabra mágica». Estaban muy buenos, como nos tiene acostumbrados Fernando con sus guisos.
Y por último, y dentro de estos «frugales» entrantes otra palabra mágica: albóndigas. En la misma línea que los anteriores guisos, muy jugosas y con una salsa espectacular, para untar, aunque a estas alturas ya poca más cabía en el estómago.
Como plato principal de la velada tomamos un cabrito al horno. Un cuarto generoso de cabrito, muy bien hecho. Se le notaba que se le había mimado haciéndolo despacito. Muy suave de sabor, acompañado de la típica ensalada. Sobró un poco pues ya empezábamos a desfallecer y a dejar a los heridos por el camino.
Terminamos con un mix de postres. Una tapita de arroz con leche para cada uno, excelente. Un trozo de tarta de chocolate, la típica casera de la abuela. Y por último una torrija, excepcional se deshacía muy rica.
Como fin de jornada, haciendo un gran esfuerzo, un gin tonic Premium de esos que prepara Érika como nadie, con una Gin Mare, buenos hielos, un poco de pimienta y una brocheta de naranja. Delicioso y único.
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Y del precio no creo que haya mucho sobre lo que hablar, se me hizo muy barato. Por cierto, comimos con cerveza, a los gin Tonic nos invitaron. Según los lugareños del pueblo entre semana es un lugar tranquilísimo, pero el fin de semana se llena de gente por lo que es conveniente reservar.