Hemos Comido…en Condado de la Mota en Mogro, recién abierto. Un grato descubrimiento.
La Posada Condado de la Mota se ubica en la localidad costera de Mogro, en una casona montañesa de los siglos XVI y XVII, que ha sufrido diversas transformaciones a lo largo de la historia. Está un poco escondida, muy cerca de la glorieta de entrada a Mogro.
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En los fogones nos encontramos con José Rábago Zubizarreta, anteriormente cocinero en El Nuevo Molino y que desde hace pocas fechas toma las riendas en solitario de este lugar. Como posada dispone de unas pocas habitaciones, creo que seis en total. Y en lo referente a la restauración, una pequeña barra a la entrada y un explendido salón, calentado por una chimenea para deleite de los comensales.
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Éramos dos comensales. Yo cené con cerveza Alhambra y mi acompañante con un Albariño de Bicos. No lo probé, así que poco os puede decir al respecto, lo único que a mi acompañante le agradó.
Comezamos con un aperitivo de bienvenida: una croqueta de jamón sobre tierra de patata. Buenísima la croqueta, bechamel fina y bastante líquida, gran sabor a jamón, y las tierras muy distintas a cualquiera anteriormente conocida. El otro aperitivo, un taco de morcilla con crujiente sobre puré de manzana. Un bocadito de lo más clásico renovado, muy agradable la textura de la morcuilla junto al crujiente, muy buen comienzo.
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Mi acompañante tomó alcachofas salteadas con mejillones. Unas alcachofas perféctamente limpias y de una excelente calidad, plenas de sabor a alcachofa y los mejillones también de una excelente calidad, con un puré de boniatos. Según ella un plato exquisito, que por sí solo hace merecedor al lugar de una nueva visita. Producto justamente manipulado, perfecto de punto y mucha calidad.
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Tomé de primero carpaccio de pulpo braseado con mazana y dados de panceta. Una mezcla exquisita, el pulpo y la panceta forman un maridaje excepcional, un nuevo descubrimiento. El pulpo a día de hoy es el nuevo foie, no hay carta de restaurante que no incluya alguna elaboración con este rico cefalópodo. Yo empiezo a estar un poco harto de él. Esta es una de esas excepciones que confirman la regla, otra vuelta de tuerca al universo de este cefalópodo tan agradecido y que gusta a casi todos.
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De segundo tomé manitas de cerdo con salsa de tuétano y champiñones. Unas manitas deshuesadas y entiendo que elaboradas con un film para darles forma. Muy suaves, quizá demasiado para mi paladar. Eché de menos el acompañamiento de una vizcaina. No puedo por menos que compararlas con las que hace Gustavo en La Nueva Torruca y que me tienen obnubilado hace años. Así que mi punto de vista es poco imparcial en este tema. De todas maneras no será un plato diez para mí, pero de nueve no baja, muy buenas.
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Mi acompañante tomó bacalao sobre espinacas y tomate cherry confitado. Según ella buenísimo, no hacía falta que me dijera nada pues pude observar como se separaban las lascas del pescado y el color del mismo. Un aspecto que decía «cómeme» entre esas iriscencias caranterísticas del buen punto. Otro plato a destacar, calidad y excelente punto.
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De postre tomé un yogur de queso con frutas del bosque. Delicioso, un poderoso sabor a queso y unas fresas deliciosas, otro tanto para el cocinero.
Para acabar nos obsequiaron con unos vasitos de crema de chocolate con maiz y piña, una delicia para un final perfecto.
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En resumen, un lugar que merce la pena en mayúsculas. Buenas raciones, no exageradas pero generosas. Un servicio buenísimo, con ese toque de complicidad lejana que se da en ciertos profesionales. Unos precios muy muy ajustados. Buena calidad en los productos y una elaboración suprema.
Dispone de un menú degustación bastante atrayente a un precio de 30€. La carta no es muy extensa, pero se nota que se mima al producto. Poco vamos a tardar en volver.