Hemos Comido… en Viento en Popa, un restaurante de esos que forman parte del paisaje cotidiano antes incluso de sentarse a su mesa.
Paso por su puerta casi todos los días, normalmente a la hora de comer y con prisa camino de casa, haciendo ese pequeño propósito de “un día paro”. Esta vez paré. Y la comida dejó claro por qué hay locales que no necesitan cambiar de piel cada temporada para conservar a su clientela.

Viento en Popa trabaja una carta clásica, apoyada en producto cuidado, raciones generosas, alguna propuesta fuera de carta según temporada y un servicio que acompaña sin imponerse. Cocina tradicional, de la que se entiende a la primera, pensada para comer bien y salir con la sensación de haber acertado. En una ciudad como Santander, donde la oferta cambia y se mueve con rapidez, este tipo de mesas tienen un valor especial.

Un vermut para entrar en faena

La comida comenzó con un vermut bien fresquito, servido como pide un día veraniego: con hielo abundante y ese tono amable que invita a bajar el ritmo. El elegido fue un vermut cántabro de Bodega Miradorio, una referencia que encajó muy bien en el arranque por su frescura y su perfil agradable. No hubo necesidad de complicar el aperitivo; bastó con que llegara a la temperatura adecuada y con la medida justa de carácter.

Ese primer trago marcó el tono de una comida sin carreras. Hay restaurantes que se disfrutan más cuando uno entra sin expectativas grandilocuentes y se deja llevar por platos de carta conocida. Viento en Popa pertenece a esa categoría: cocina de repetir, servicio atento y una propuesta que parece pensada para quien quiere comer bien sin hacer demasiadas preguntas.

Escabeche, cecina y bacalao

La primera parada sólida fueron unos mejillones en escabeche. Llegaron en media ración, aunque con cantidad suficiente para hablar de generosidad sin exagerar. El escabeche tenía un matiz distinto al más habitual: cebolla pochada, clavo y pimienta, ingredientes que aportaban profundidad aromática y un punto especiado bien medido. El mejillón, de buen tamaño, se mantenía jugoso, y eso en un plato así marca la diferencia. Queda apuntado para repetir en una próxima visita.

Después llegó el champiñón relleno, recomendado por el anfitrión. Venía sobre una base de verdura, con un relleno de cecina y empanado en el exterior. El conjunto funcionó por contraste: la verdura aportaba fondo, la cecina dejaba su punto salino y el empanado sumaba textura. Es un plato de corte clásico, de los que pueden pasar desapercibidos en una carta, pero que cuando están planteados con criterio justifican la recomendación.

La media ración de delicias de bacalao dejó una impresión más matizada. La fritura de gabardina estaba lograda, ligera en su punto y con buen agarre, pero el bacalao quedó por encima del punto que más me gusta. Prefiero un bacalao terso, apenas justo de cocción, que se abra en lascas y conserve jugosidad. Aquí el pescado resultó algo más hecho, sin que eso arruinara el plato, pero sí alejándolo de mi preferencia personal.

Albóndigas para cerrar con ganas

El final de la comida llegó con unas albóndigas jugosas y sabrosas, acompañadas de una salsa rica, intensa, de las que invitan a mojar sin disimulo. Las patatas, bien fritas, cumplían su papel con solvencia: recoger salsa, acompañar el guiso y redondear una ración que vuelve a confirmar la generosidad de la casa.

Hay en estas albóndigas algo muy reconocible: el placer de una cocina doméstica llevada al comedor de un restaurante, sin perder su carácter de plato de cuchara y pan. La salsa tiene presencia, las piezas llegan tiernas y el conjunto resulta cómodo, directo y agradecido. No hace falta vestirlo de otra cosa; basta con servirlo caliente, en cantidad adecuada y con buen acompañamiento.

Viento en Popa es uno de esos restaurantes que han ganado a sus clientes por continuidad. Carta clásica, buen producto, raciones amplias y servicio eficaz son argumentos suficientes cuando se mantienen en el tiempo. No es una cocina pensada para sorprender a toda costa, sino para dar de comer con regularidad y criterio, algo que conviene valorar más de lo que a veces hacemos.

Salí con la sensación de haber recuperado una visita pendiente. De esos sitios que uno tiene delante todos los días y acaba dejando para más adelante, hasta que entra y recuerda que comer bien no siempre exige buscar lejos. Viento en Popa cumple con esa idea sencilla y difícil: una mesa de diario, cercana, fiable y muy recomendable para quien quiera cocina tradicional bien resuelta en Santander.

Por El Mule

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