Hemos Comido… en El Chef del Bonito, una de esas visitas que se han convertido en cita fija del verano. Esta vez la mesa reunió a cinco comensales, compañeros de trabajo que mantienen la sana costumbre de organizar comidas cada cierto tiempo y que, cuando llega la temporada, no quieren perderse la parada en las instalaciones de Alberto.



Un arranque de barra y cava
La comida empezó con ese preámbulo que tanto ayuda a situarse: barra, conversación y unos torreznos para abrir boca. El cava apareció desde el principio y se quedó durante el resto del menú, acompañando una secuencia centrada por completo en el bonito. No hubo dispersión ni deseo de abarcar más de la cuenta; aquí el argumento estaba claro desde el primer plato.

Ya en la mesa, la vinagreta de bonito llegó como una entrada fresca, muy adecuada para un día de verano. Ligera, con buena acidez y pensada para limpiar el paladar, funcionó como primer aviso de lo que vendría después: producto tratado con distintas técnicas y acompañamientos medidos, siempre con el pescado como eje.
El bonito, entre acidez y huerta

Uno de los pases más reconocibles fue el bonito a la sal con vinagreta de maracuyá, una preparación incorporada el año pasado y que, por la acogida recibida, se mantiene con pleno sentido. La sal aporta una cocción limpia y la vinagreta introduce una acidez marcada que refresca el conjunto sin desdibujar el pescado. Ese contraste, bien ajustado, explica que el plato haya encontrado acomodo en la casa.

El salmorejo con tartar de bonito siguió por esa misma línea estival. La base, elaborada con tomates de Meruelo, aporta densidad, frescura y una expresión muy reconocible de la huerta cercana. El tartar suma textura y presencia marina sin convertir el plato en algo pesado. Es una combinación que encaja especialmente bien cuando el calor aprieta y se agradecen preparaciones frías, sabrosas y directas.
Guiso, ventresca y tomate

La novedad llegó con unas pochas con bonito, un guiso de reciente elaboración que parece destinado a consolidarse por la demanda creciente. La legumbre ofrece una textura amable y el bonito suma profundidad sin endurecer el conjunto. Resulta un plato sutil, sabroso y con ese punto de novedad que se agradece cuando se vuelve a una casa conocida.


La ventresca al horno fue, quizá, la elaboración más sencilla del menú, pero también una de las más convincentes. No necesitó más que sal, calor y un punto de cocción preciso para mostrar la untuosidad clásica del corte. En piezas así, la mano se mide precisamente en no llevar el plato más allá de lo necesario.

Tampoco podía faltar el bonito con tomate, evolución de una receta anterior en la que intervienen tomate y pimiento de la zona, junto a un ligero picante que da viveza a la salsa. Es una preparación aparentemente familiar, pero con una salsa difícil de reproducir si no se cuenta con esos vegetales cercanos que terminan marcando la diferencia.

El cierre llegó con el bonito al mojo verde, clásico ineludible de la casa y uno de los platos más solicitados por los comensales cuando eligen de la carta. Su presencia final tuvo algo de confirmación: hay preparaciones que permanecen porque siguen funcionando, porque cumplen su papel y porque el público las reclama una y otra vez.
La comida dejó una sensación clara: El Chef del Bonito continúa siendo una referencia para disfrutar este pescado en distintas versiones, desde la frescura de una vinagreta hasta la rotundidad serena de un guiso o la elegancia grasa de una ventresca bien tratada. En fin, todo sigue en su sitio: el bonito como centro del menú y Alberto manteniendo esa regularidad que hace que cada verano apetezca volver.
Por El Mule
Histórico de visitas a El Chef del Bonito
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