Mañana de Nochevieja ruta de barra en barra antes de que caiga el año

A primera hora visita a Vicente a recargar munición para lo que  de fiestas y felicitarle el año nuevo, a partir de aquí a celebrar la nochevieja

Primera parada: Punto y Coma (Nueva Montaña)

La mañana arrancó en Nueva Montaña, en ese tipo de bar de barrio donde uno entra pensando que va a tomar un café y sale con la sensación de haber descubierto un tesoro escondido. Allí, entre conversaciones de vecinos y el trajín de la cocina, nos esperaba el guiso del día: guiso de morro y pata.

Un guiso de los que se agarran a la cuchara. El morro y la pata, bien tratados, sueltan ese colágeno que espesa la salsa sin necesidad de nada más. Brillo natural, textura melosa y un punto de picante que despierta sin agredir. Pegajosos, intensos, de esos que te dejan los labios marcados y la memoria contenta.
No era mi primera visita, pero sí una de las que recordaré con más cariño. Y todo a dos pasos del Corte Inglés.

Segunda parada: Seña (Tetuán)

Con el cuerpo ya entonado, tocaba seguir. En Seña nos hemos acomodado tantas veces que casi saludamos como si fuéramos parte del mobiliario. Allí cayó un cava, una gilda de pastrami —un giro curioso que combina la salinidad clásica con un toque ahumado— y una tosta de mantequilla y anchoa, sencilla pero contundente: pan crujiente, mantequilla templada y una anchoa que manda.

El remate fue la sopa sinigang, un plato muy querido en Filipinas. Su gracia está en la acidez, que aquí viene del tamarindo, responsable de ese punto agrio que abre el apetito y limpia el paladar. La lima aporta frescor y equilibra el conjunto. Una sopa que reconforta y sorprende a partes iguales.

Tercera parada: Bonito (calle Casimiro Sainz)

Camino de Peña Herbosa, mi acompañante recordó algo que no se puede dejar pasar: los mejillones de Bonito. Y tenía razón. Allí sirven el cava por copas —detalle que siempre se agradece— y los mejillones llegan en una salsa rojiza, ligeramente picante, con ese toque que invita a mojar pan sin remordimientos.

El local estaba animado, pero encontramos un hueco en la barra. Los mejillones, carnosos y bien limpios, se bañaban en una salsa que pide protagonismo. Una parada breve pero necesaria.

Cuarta parada: La Mar (Peña Herbosa)

Llegamos por fin a Peña Herbosa, no sin antes saludar a media Cantabria, un zaragozano despistado y algún. Nada más entrar, sonaba “no estaba muerto, que estaba de parranda”, himno no oficial de cualquier 31 de diciembre que se precie.

Entre sorbos de cava, ostras y gambas, intenté sacar una foto… pero para cuando quise reaccionar, ya no quedaba ni una. Ataque de hambre colectivo, del que fui cómplice. Menos mal que un seguidor maño —residente en Madrid— tuvo la amabilidad de dejarme retratar su ración antes de que corriera la misma suerte.

Última parada: El Sol

El cierre de la mañana nos llevó al Sol, que estaba hasta arriba. Aun así, conseguimos refugiarnos en un rincón. El único tropiezo: no había cava por copas. Pero lo compensaron con sus papas coreanas, que son pura tentación.

Crujientes, con una salsa entre dulce, picante y ligeramente fermentada, de esas que te hacen pensar que deberías pedir otra ración aunque no tengas hambre. Allí, entre mordisco y mordisco, charlamos con una corredora recién salida de la San Silvestre y con una “Provocadora de volcanes y otros fenómenos meteorológicos”, conocida en Instagram como @la_xami. Conversación inesperada y divertida, perfecta para rematar la ruta.

Un recorrido de lo más completo para ser solo la mañana. Y aún quedaba medio día por delante.
Si así empieza el 31, imagina cómo termina.

Por El Mule

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