Hemos Comido… en El Pescador, en Maliaño, un restaurante al que muchos siguen llamando “las rumanas” y que desde hace años mantiene una clientela fiel gracias a sus menús preconfigurados. Su carne a la piedra y su arroz con bogavante, ambos a 58 euros para dos comensales, han sido durante mucho tiempo dos reclamos reconocibles de la casa, con raciones generosas y una relación entre cantidad y precio que explica buena parte de su popularidad. Esta vez, sin embargo, la visita tenía otro motivo: comprobar qué ofrecía su menú del día de 14 euros, anunciado recientemente en redes sociales.

Un comedor lleno entre semana

Nos acercamos Monty y yo con esa curiosidad que despiertan los menús sencillos cuando parecen estar bien planteados. El comedor, un miércoles cualquiera, estaba abarrotado, un detalle que no conviene pasar por alto. Hay locales que no necesitan grandes anuncios cuando la mesa se ocupa de forma natural, y en este caso la afluencia ya dejaba entrever que la propuesta diaria había encontrado su sitio entre quienes buscan comer con corrección, cantidad suficiente y precio ajustado.

El menú se presentaba con tres primeros y tres segundos, además de pan, bebida, postre o café. Una fórmula tradicional, reconocible y sin complicaciones innecesarias, de esas que se sostienen o se caen por la calidad del guiso, el punto de cocción y el gusto del caldo. Aquí, al menos en lo probado, la cocina respondió con solvencia y con una línea claramente casera.

Marmita con buen fondo y bonito presente

En los primeros coincidimos los dos: marmita. Y fue una elección acertada. Llegó con buen sabor, bien provista de verdura y con un fondo que recogía con claridad la presencia del bonito. No era un plato plano ni deslavazado; el caldo tenía intención, el pescado aparecía en su justa medida y el conjunto transmitía una receta conocida, trabajada con criterio y servida con ese punto reconfortante que se espera de una marmita bien hecha.

Ese equilibrio es importante en un menú del día. No hace falta cargar el plato ni buscar giros innecesarios cuando el caldo tiene sabor, la verdura aporta base y el bonito conserva presencia sin imponerse de manera excesiva. Fue, en resumen, un primer plato muy bien traído, con una elaboración limpia y un resultado sabroso dentro de lo que prometía.

Carrillera, salsa intensa y patata artesana

En los segundos volvimos a coincidir y pedimos carrillera. La línea fue similar a la del primer plato: un guiso reconocible, con una salsa potente, sabrosa y bien ligada, de esas que piden pan al lado. La carne llegó acompañada de patatas artesanas, un detalle que suma porque no cumplen solo como guarnición, sino que ayudan a redondear el plato y a recoger la salsa con sentido.

En el apartado dulce había diferentes postres. Monty eligió la tarta de la abuela, mientras que yo preferí no tomar postre en esta ocasión. Aun así, la estructura del menú permite cerrar la comida con postre o café, algo que completa una propuesta pensada para el día a día, sin alardes y con una relación calidad-precio que resulta difícil discutir.

El Pescador demuestra que su tirón no depende solo de aquellos menús más conocidos que lo han mantenido durante años en boca de muchos comensales. También en el menú diario hay una cocina directa, generosa y bien planteada, con platos de cuchara, guisos con carácter y un precio razonable. Salimos con la sensación de haber encontrado una opción muy recomendable para comer entre semana en Maliaño, de esas que llenan el comedor porque responden a lo que la gente espera: comer bien, pagar lo justo y marcharse satisfecho.

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