Hemos Comido… en Casa Cirana con Diego, aunque la realidad es que la intención inicial estaba muy lejos de lo que finalmente ocurrió. La idea era acercarnos a disfrutar de un postre, cumplir el antojo y continuar con el día. Sin embargo, bastó sentarse a la mesa para que los planes empezaran a cambiar. Lo que iba a ser una parada breve terminó convirtiéndose en una auténtica recomida, de esas que surgen de manera espontánea y que suelen dejar mejores recuerdos que las organizadas con antelación.




La experiencia comenzó con un detalle de bienvenida que puso el listón muy alto desde el primer momento: una sopa fría de tomate. Fresca, ligera y muy agradable, resultó una entrada perfecta para preparar el paladar. Un bocado sencillo en apariencia, pero capaz de despertar el apetito y anunciar que la comida prometía momentos interesantes.
Picaña y callos para quedarse a la mesa

La primera ración compartida fue la picaña, una preparación a la que regreso cada vez que tengo ocasión. Es uno de esos platos recurrentes que nunca fallan y que mantienen intacta su capacidad de convencer visita tras visita.
En esta ocasión volvió a suceder exactamente lo mismo. La disfruté tanto como en ocasiones anteriores y el resto de los comensales compartió la misma impresión. Hay platos que, por mucho que se repitan, siguen resultando igual de apetecibles, y esta picaña pertenece claramente a esa categoría.
La siguiente parada llegó de la mano de unos callos que fueron sugerencia de otro de los presentes en la mesa. A veces ocurre que uno termina agradeciendo profundamente las decisiones ajenas, y este fue uno de esos casos.

La elaboración nos dejó una impresión sobresaliente. Intensos, reconfortantes y llenos de sabor, fueron de esos callos que invitan a prolongar la sobremesa. Utilizando una comparación muy mulecarajonera, hace unos años les habríamos comprado un piso en primera línea de playa en Benidorm; hoy en día, con los tiempos que corren, les correspondería una vivienda en pleno Sardinero. Más allá de la broma, lo cierto es que me parecieron unos callos capaces de situarse entre los mejores que recuerdo haber probado en mucho tiempo.
Un arroz con marcada presencia marina



Para cerrar la parte salada de la comida llegó el arroz de cabraroca, un plato que terminó de confirmar que aquella improvisada visita había tomado un rumbo muy distinto al previsto.
Se trata de un arroz intenso, con una presencia marina perfectamente reconocible y una profundidad de sabor que permanece largo tiempo en la memoria. Desde su llegada a la mesa desprendía esos aromas que despiertan inmediatamente las ganas de comer.
La cabra aporta personalidad al conjunto y da lugar a una elaboración con gran potencia gustativa, pero sin perder equilibrio. Fue uno de esos platos que consiguen que la conversación se interrumpa durante unos segundos porque toda la atención se centra en el plato.

Lo mejor de algunas comidas es precisamente que no estaban planeadas. Casa Cirana nos ofreció uno de esos encuentros gastronómicos que nacen de manera improvisada y terminan convirtiéndose en una experiencia mucho más completa de lo esperado. Una excelente sopa fría de tomate, una picaña que sigue manteniendo su atractivo, unos callos memorables y un arroz de cabraroca cargado de sabor marino fueron suficientes para transformar una simple visita en una comida de las que se recuerdan durante semanas. Porque a veces uno sale de casa pensando en un postre y acaba encontrando mucho más.
Histórico de visitas a Casa Cirana
Por El Mule
Ubicado en: C. Bonifaz, 13, 39003 Santander, Cantabria
Teléfono: +34 942 52 66 98
Instagram: @casacirana
