Hemos Comido… en Ají Limón, en La Gándara, en casa de Nelly. Hay restaurantes que no necesitan demasiada negociación previa: se proponen, se acepta y se va con la tranquilidad de quien sabe que la comida va a estar a la altura. En este chigre, pequeño en tamaño y grande en recuerdos de mesa, cada visita confirma una relación ya asentada con una cocina sabrosa y muy suya.

Patatas coreanas para repetir

En Ají Limón hay elaboraciones que han dejado de ser una opción para convertirse en una costumbre. Las patatas coreanas son el mejor ejemplo. Llegan a la mesa con esa capacidad de desaparecer rápido, casi sin que nadie quiera reconocer cuántas ha comido. En casa siempre parecen pocas, pidas las que pidas, y eso dice bastante de un plato que ha encontrado su sitio en la memoria de quienes repiten.

No conviene despacharlas como unas simples patatas con salsa. Tienen textura y un punto de gracia que las hace diferentes. Puede que en otros lugares aparezcan versiones parecidas, pero aquí sucede esa diferencia difícil de explicar y fácil de entender al probarlas: “es igual, pero no es lo mismo”. En la mesa funcionan como entrante, como picoteo y como argumento suficiente para volver.

El chaufa como plato de confianza

El arroz chaufa tampoco faltó en el menú. En este caso ya no hablamos de una novedad, sino de un clásico del lugar. Es uno de esos platos que se piden con seguridad, sabiendo que cumplen tanto para compartir como para resolver una comida de manera directa. La ración es generosa; de esas que, por sí solas, permiten salir bien servido, sin necesidad de completar demasiado la comanda.

En esta visita llegó al centro, como parte de una comida compartida, y ahí gana sentido. El chaufa tiene ese carácter de plato de mesa, de cucharada que va y viene, con el arroz como base amable y sabrosa. No hace falta adornarlo más: cuando una elaboración se convierte en fija, es porque responde cada vez que aparece.

Un jarrete para tomar nota

La novedad de la visita llegó al final con el jarrete de cordero. La carne se deshace con facilidad, señal de una cocción paciente y bien llevada, y se apoya sobre un puré de patata de los de antes, machacado con tenedor, con una textura reconocible y casera. No busca alardes: acompaña, recoge la salsa y da soporte al conjunto.

La salsa tiene presencia, resulta sabrosa y contundente, y aporta ese fondo que convierte el plato en una propuesta de cuchillo, tenedor y pan cerca, aunque no haga falta decirlo demasiado alto. Para quien ya conocía las patatas coreanas y el chaufa, este jarrete aparece como un descubrimiento dentro de una carta que sigue dando motivos para regresar.

Nelly continúa haciendo un trabajo increíble en este chigre. Se nota en la regularidad, en el cuidado de las raciones y en esa manera de cocinar que hace que todo llegue al plato con mucho cariño. Ají Limón no necesita grandes declaraciones para convencer: basta sentarse, pedir lo de siempre, dejar hueco para alguna novedad y comprobar que, una vez más, la visita ha merecido la pena.

Por El Mule

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