Hemos Comido… en Cueto, volver a LaLoLa en Cueto es volver a una cocina casera sin prisas donde vuelves a la cocina de la infancia. En este rincón costero, el bullicio diario convive con el aroma reconfortante de las cazuelas de siempre, ajeno a las modas gastronómicas pasajeras.

El pulso diario del bar de barrio

No es un lugar de lujos, pero siempre hay una muy buena atención por el personal de sala; es básicamente un bar de barrio donde siempre hay jaleo. El dinamismo es constante: la gente va y viene, toma el blanco a mediodía, vuelve a comer el menú, alarga las tardes de café y copa, y estira las noches veraniegas de terraza. Es un espacio de puertas abiertas que funciona como el centro social de la zona gracias a la calidez de su hospitalidad.

El único riesgo real al cruzar su umbral es el de salir a reventar. Al ser tratado como alguien de la casa, tanto Javi como su madre se esmeran en cebar al comensal con raciones de una generosidad desbordante. Durante la época estival, una de las opciones más recomendables son los bocartes, presentados en una cantidad abundante y elaborados con destreza en los fogones, alternando unos fritos y otros rebozados para apreciar la versatilidad de este pescado marino.

Casquería fina y el punto exacto del mar

En esta ocasión, la comanda se decantó por la exploración de dos medias raciones como preámbulo y un plato principal. El recorrido comenzó con la media de callos, que se presentaron limpios de manera impecable y cortados al tamaño idóneo para asegurar una textura melosa en cada bocado. Le siguió la media ración de asadurilla, una preparación imponente que destacaba por su volumen, un equilibrio sápido profundo, abundante presencia de hígado y una salsa ligada con maestría, idónea para rebañar.

El plato principal consistió en una tajada de bacalao con tomate. El pescado exhibía una materia prima de calidad y una cocción precisa, lo justo para mantener la separación natural de sus lascas. La cobertura consistía en una salsa de diez, un sofrito casero tradicional elaborado pacientemente, libre de azúcares añadidos, que ensalzaba la salinidad del pescado a través de la acidez natural del tomate maduro.

La tentación del guiso pendiente

A pesar de que el servicio había ofrecido cordero guisado entre las sugerencias de la jornada, la apetencia inicial se inclinó hacia el pescado. Sin embargo, el arrepentimiento llegó en el momento de la despedida: al ver a Javi comer, el guiso que se estaba triscando el pájaro, Una estampa tradicional que obliga a agendar una próxima visita para dar cuenta de sus platos de cuchara.

Para armonizar la intensidad de la asadurilla y los callos, la costumbre local invita a acompañar el inicio con el clásico «blanco» de solera, o un vino blanco de Cantabria, para realzar el bacalao con tomate casero, un vino blanco joven y fluido de la región, cuya acidez natural equilibre la untuosidad del pescado sin opacar la pureza de la salsa de tomate.

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Por El Mule

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